El único Chávez

enero 1, 1999 1:31 am 0 comments

(FIRMAS PRESS) Tres días antes de la toma de posesión de Hugo Chávez, Gabriel García Márquez lo saludó con los veintiún cañonazos de un artículo generoso: “Los dos Chávez”. El Nobel colombiano no sabe si el flamante presidente es “uno a quien la suerte empedernida le ofrecía la oportunidad de salvar a su país, y el otro, un ilusionista, que podría pasar a la historia como un déspota más.” Ante la duda, naturalmente, García Márquez escribe sin disimular su simpatía por la gracia caribe de este venezolano locuaz, memorioso y jugador de béisbol. Al fin y al cabo, al autor de Cien años de soledad le resulta indiferente si Chávez se convierte en un tirano como Castro, en un respetado socialdemócrata, vegetariano y tolerante, como Felipe González, o en un narcodictador como Noriega. Eso lo tiene sin cuidado. Lo importante es que el sujeto exhiba cierta originalidad antropológica. Es tan asombrosa su capacidad para abstenerse de enjuiciar moralmente a las personas, y es tal la curiosidad que le despiertan las criaturas poderosas, que hasta lo creo capaz, algún día, de escribir otro artículo, “Los dos García Márquez”, en el que con toda objetividad dé cuenta de la extraña dicotomía entre el narrador genial, amistoso, cálido, conversador grato, servicial, compasivo –me consta-, y el insensible valedor de sátrapas, defensor sin rubor de tiranías. García Márquez es también un personaje macondiano. Tal vez el primero de ellos.

Pero tratemos de despejar la incógnita de Chávez, puesto que la de “Gabo” es bastante más compleja. Acaso no sea difícil. Basta con repasar la biografía del teniente coronel, tal como se la contó a García Márquez, y releer a continuación su primer discurso presidencial. Según Chávez, a los 23 años, en 1977, cuando Venezuela vivía en medio de una democracia próspera que recogía exiliados argentinos y chilenos que huían de sus holocaustos particulares, o emigrantes españoles e italianos que buscaban seguridad económica, cuando el país era uno de los destinos dorados del planeta, él comenzó a crear dentro del ejército una secta secreta y juramentada, destinada, algún día, a tomar el poder para crear una república revolucionaria, bolivariana, que les trajera a los venezolanos, y a todos los latinoamericanos, un luminoso porvenir.

Chávez, obviamente, es un Mesías. Viene a salvarnos. Siente que tiene una misión superior en la vida. Guarda el escapulario milagroso del bisabuelo peleador. Está dispuesto a morir si es necesario. Es honrado, sacrificado, idealista. Pero, además de poseer esa actitud vital y esa confianza en su sino personal, Chávez, como todos los Mesías, sabe cómo hacer felices a los demás. Sabe cómo deben vivir sus compatriotas, cómo deben trabajar, que hay que hacer para corregir las injusticias de este mundo. Sabe con toda precisión por qué América Latina es un valle de lágrimas, y lo que debe hacerse para borrar esta ignominia. Es un amoroso/riguroso ingeniero social. Sabe cuáles son los villanos y los héroes, los que merecen ser castigados o premiados. Su juicio ético es fulminante, ejerce una cólera justa, del justo indignado, como de profeta del Viejo Testamento. Su triunfo, además, le confirma sus corazonadas. La prueba de su singularidad y la santidad de la tarea que tiene por delante se verifican en que ha llegado al poder contra todo pronóstico y frente a las más adversas situaciones. ¿No es ésa la señal de los cielos?

Chávez, qué duda cabe, es un hombre íntegro. Ni siquiera juró la “moribunda constitución”. Juró, candorosamente, que la cambiaría por otra. Y dijo, para que nadie se llamara a engaño, que “no hay marcha atrás en la revolución política que tenemos que impulsar y que claman las calles”. No le importa, o no se ha percatado, de que las revoluciones atrasan y empobrecen a los pueblos. Ama tanto la figura de Bolívar, que se cree su continuador y el albacea de su pensamiento, lo que le confiere una mayor carga de legitimidad. Está convencido de que llegó el momento para el que la Historia lo ha elegido. No es un hombre cruel y no quiere hacer daño, pero no va a permitir que unos tipos egoístas y desaprensivos, podridos de antipatriotismo, le impidan transformar el mundo. Con dolor de su alma, si tiene que barrerlos, los barrerá con la misma dureza con que el 4 de febrero de 1992 lanzó a sus paracaidistas al asalto de Miraflores, para tejer su utopía con la punta de las bayoneta. Los revolucionarios son así. Las revoluciones son así. Robespierre tampoco era un desalmado. Era incorruptible, y la flaqueza frente a los timoratos era una forma de corrupción. Por eso había que guillotinarlos.

Ese es el problema, García Márquez. No hay dos Chávez. Hay sólo uno, incapaz de comprender la naturaleza humana, el valor de la libertad individual y la importancia de las instituciones. Los revolucionarios creen que las sociedades se trasforman por la acción de los hombres iluminados. No les cabe en la cabeza que el desarrollo es hijo del sosiego, del respeto a las reglas, del continuado esfuerzo de generaciones que trabajan, ahorran e invierten durante un largo periodo de estabilidad dentro de un Estado de Derecho. Nadie discute las buenas intenciones de Chávez. Claro que no es un asesino nato ni un canalla pervertido. Lenin, Stalin o Castro, tampoco. Eso tal vez vendrá después, cuando la realidad lo golpee y los obstáculos lo exasperen. Eso llegará, si se tercia, cuando descubra que no es posible establecer por decreto el enriquecimiento de los pueblos, la felicidad de las gentes o el comportamiento generoso. Los déspotas no surgen espontáneamente. Son los mismos salvadores de la patria en el instante de cumplir con el irrenunciable deber de ser implacables frente a las flaquezas de los pusilánimes, las traiciones de los vendepatrias y las desobediencias de los díscolos. Son los mesías vistos por la otra punta. Es sorprendente, “Gabo”, que no te hayas dado cuenta de que son los mismos personajes. Lo único que cambia es la página de la novela. [©FIRMAS PRESS]

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El único Chávez

mayo 19, 2013 10:16 am 0 comments

(FIRMAS PRESS) Tres dí­as antes de la toma de posesión de Hugo Chávez, Gabriel Garcí­a Márquez lo saludó con los veintiún cañonazos de un artí­culo generoso: “Los dos Chávez”. El Nobel colombiano no sabe si el flamante presidente es “uno a quien la suerte empedernida le ofrecí­a la oportunidad de salvar a su paí­s, y el otro, un ilusionista, que podrí­a pasar a la historia como un déspota más.” Ante la duda, naturalmente, Garcí­a Márquez escribe sin disimular su simpatí­a por la gracia caribe de este venezolano locuaz, memorioso y jugador de béisbol. Al fin y al cabo, al autor de Cien años de soledad le resulta indiferente si Chávez se convierte en un tirano como Castro, en un respetado socialdemócrata, vegetariano y tolerante, como Felipe González, o en un narcodictador como Noriega. Eso lo tiene sin cuidado. Lo importante es que el sujeto exhiba cierta originalidad antropológica. Es tan asombrosa su capacidad para abstenerse de enjuiciar moralmente a las personas, y es tal la curiosidad que le despiertan las criaturas poderosas, que hasta lo creo capaz, algún dí­a, de escribir otro artí­culo, “Los dos Garcí­a Márquez”, en el que con toda objetividad dé cuenta de la extraña dicotomí­a entre el narrador genial, amistoso, cálido, conversador grato, servicial, compasivo –me consta-, y el insensible valedor de sátrapas, defensor sin rubor de tiraní­as. Garcí­a Márquez es también un personaje macondiano. Tal vez el primero de ellos.
Pero tratemos de despejar la incógnita de Chávez, puesto que la de “Gabo” es bastante más compleja. Acaso no sea difí­cil. Basta con repasar la biografí­a del teniente coronel, tal como se la contó a Garcí­a Márquez, y releer a continuación su primer discurso presidencial. Según Chávez, a los 23 años, en 1977, cuando Venezuela viví­a en medio de una democracia próspera que recogí­a exiliados argentinos y chilenos que huí­an de sus holocaustos particulares, o emigrantes españoles e italianos que buscaban seguridad económica, cuando el paí­s era uno de los destinos dorados del planeta, él comenzó a crear dentro del ejército una secta secreta y juramentada, destinada, algún dí­a, a tomar el poder para crear una república revolucionaria, bolivariana, que les trajera a los venezolanos, y a todos los latinoamericanos, un luminoso porvenir.
Chávez, obviamente, es un Mesí­as. Viene a salvarnos. Siente que tiene una misión superior en la vida. Guarda el escapulario milagroso del bisabuelo peleador. Está dispuesto a morir si es necesario. Es honrado, sacrificado, idealista. Pero, además de poseer esa actitud vital y esa confianza en su sino personal, Chávez, como todos los Mesí­as, sabe cómo hacer felices a los demás. Sabe cómo deben vivir sus compatriotas, cómo deben trabajar, que hay que hacer para corregir las injusticias de este mundo. Sabe con toda precisión por qué América Latina es un valle de lágrimas, y lo que debe hacerse para borrar esta ignominia. Es un amoroso/riguroso ingeniero social. Sabe cuáles son los villanos y los héroes, los que merecen ser castigados o premiados. Su juicio ético es fulminante, ejerce una cólera justa, del justo indignado, como de profeta del Viejo Testamento. Su triunfo, además, le confirma sus corazonadas. La prueba de su singularidad y la santidad de la tarea que tiene por delante se verifican en que ha llegado al poder contra todo pronóstico y frente a las más adversas situaciones. ¿No es ésa la señal de los cielos?
Chávez, qué duda cabe, es un hombre í­ntegro. Ni siquiera juró la “moribunda constitución”. Juró, candorosamente, que la cambiarí­a por otra. Y dijo, para que nadie se llamara a engaño, que “no hay marcha atrás en la revolución polí­tica que tenemos que impulsar y que claman las calles”. No le importa, o no se ha percatado, de que las revoluciones atrasan y empobrecen a los pueblos. Ama tanto la figura de Bolí­var, que se cree su continuador y el albacea de su pensamiento, lo que le confiere una mayor carga de legitimidad. Está convencido de que llegó el momento para el que la Historia lo ha elegido. No es un hombre cruel y no quiere hacer daño, pero no va a permitir que unos tipos egoí­stas y desaprensivos, podridos de antipatriotismo, le impidan transformar el mundo. Con dolor de su alma, si tiene que barrerlos, los barrerá con la misma dureza con que el 4 de febrero de 1992 lanzó a sus paracaidistas al asalto de Miraflores, para tejer su utopí­a con la punta de las bayoneta. Los revolucionarios son así­. Las revoluciones son así­. Robespierre tampoco era un desalmado. Era incorruptible, y la flaqueza frente a los timoratos era una forma de corrupción. Por eso habí­a que guillotinarlos.
Ese es el problema, Garcí­a Márquez. No hay dos Chávez. Hay sólo uno, incapaz de comprender la naturaleza humana, el valor de la libertad individual y la importancia de las instituciones. Los revolucionarios creen que las sociedades se trasforman por la acción de los hombres iluminados. No les cabe en la cabeza que el desarrollo es hijo del sosiego, del respeto a las reglas, del continuado esfuerzo de generaciones que trabajan, ahorran e invierten durante un largo periodo de estabilidad dentro de un Estado de Derecho. Nadie discute las buenas intenciones de Chávez. Claro que no es un asesino nato ni un canalla pervertido. Lenin, Stalin o Castro, tampoco. Eso tal vez vendrá después, cuando la realidad lo golpee y los obstáculos lo exasperen. Eso llegará, si se tercia, cuando descubra que no es posible establecer por decreto el enriquecimiento de los pueblos, la felicidad de las gentes o el comportamiento generoso. Los déspotas no surgen espontáneamente. Son los mismos salvadores de la patria en el instante de cumplir con el irrenunciable deber de ser implacables frente a las flaquezas de los pusilánimes, las traiciones de los vendepatrias y las desobediencias de los dí­scolos. Son los mesí­as vistos por la otra punta. Es sorprendente, “Gabo”, que no te hayas dado cuenta de que son los mismos personajes. Lo único que cambia es la página de la novela. [©FIRMAS PRESS]
Ene 01 , 1999

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