Cuando Fidel se hizo comunista

septiembre 7, 2012 3:32 pm 0 comments
Carlos A. Montaner Pedro L Guerra
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Vaya por delante lo siguiente: voy a referirme a un libro importante de José Ignacio Rasco. Es importante por dos razones fundamentales:

Primero, Acuerdos, desacuerdos y recuerdos, recién publicado por Ediciones Universal y el Instituto Jacques Maritain de Cuba, describe, desde una perspectiva única, un momento fundamental de la atormentada historia de la república cubana, el fatídico bienio 1959-1960.

Segundo, aclara algo que es tristemente interesante para los cubanos: como testigo que ha sido de la historia contemporánea, y por su cercanía al personaje, Rasco establece con cierta precisión y autoridad cuándo Fidel Castro suscribió las ideas comunistas y se vinculó al PSP. Ese dato es importante para entender la magnitud del engaño padecido por el pueblo cubano.

Antes de seguir, es bueno aclarar que José Ignacio Rasco fue compañero y amigo de Fidel Castro durante la adolescencia, época en que ambos estudiaron y practicaron deportes en el Colegio Belén de los jesuitas, y luego coincidieron en la Universidad de la Habana, donde estudiaron Derecho simultáneamente.

Rasco, que era mejor estudiante y más disciplinado que Fidel, aunque no tenía la prodigiosa memoria de su condiscípulo, además, agregó Filosofía y Letras a su currículo profesional.

En definitiva, Acuerdos, desacuerdos y recuerdos encapsula muy eficazmente la vida del autor. Es breve, porque no se trata de una muestra extensa de su obra como conferenciante, ensayista y articulista, sino es la parca selección de algunos textos dejan constancia de la creación en Cuba del Movimiento Demócrata Cristiano, y luego una larga y reveladora entrevista que le hizo la profesora e investigadora Silvia Pedraza.

El libro, dedicado por Rasco a la inolvidable Estela Pascual, su mujer de toda la vida, una persona inteligente, agradable y risueña como pocas, lamentablemente fallecida, lleva unas exactas palabras preliminares en las que Uva de Aragón retrata a vuelapluma la vida cívica de José Ignacio, sin otro objeto que aportarle al lector un marco de referencia para que entienda quién es el autor y qué importancia tiene para los cubanos. La propia Uva, en gran medida, puede considerarse una excelente discípula de José Ignacio.

La Democracia Cristiana

En 1959, el triunfo de la revolución cubana trajo aparejada la demolición del sistema de partidos surgido tras la revolución del 33. Si la caída de Machado significó el severo debilitamiento de liberales y conservadores, la de Batista liquidó a ortodoxos, auténticos y, por supuesto, todo el entorno del pequeño y artificial Partido de Acción Unitaria (PAU) creado por el dictador para agrupar a sus seguidores y gobernar con cierta pátina de civilidad.

¿Qué se avizoraba entonces en el panorama político cubano? José Ignacio Rasco pensó, con muy buenas razones, que era el momento de sacar a Cuba de la dinámica partidista local e integrarla dentro de las coordenadas ideológicas vigentes en las zonas más desarrolladas y prósperas del planeta.

Suele olvidarse que la globalización política, iniciada con los movimientos anarquistas y socialistas en el siglo XIX, en los que Marx jugó un papel destacado, precedió con bastante antelación a la económica.

Para Rasco, católico ferviente y resuelto partidario de la justicia social, el aggiornamento de la política cubana estaba en la Democracia Cristiana, una corriente ideológica que triunfaba en la Alemania de Konrad Adenauer y en la Italia de Alcide De Gasperi, con el auxilio de dos extraordinarios economistas liberales de la postguerra: el alemán Ludwig Erhard y el italiano Luigi Einaudi.

Para Rasco, era evidente que la solución de los problemas económicos y políticos de Cuba no podían hallarse en el comunismo tiránico preconizado por la Unión Soviética, hecho de calabozos y paredones, absolutamente ineficaz como generador de riquezas, ni tampoco en la vieja cultura revolucionaria cubana surgida de la revolución del 33, siempre pendiente de que la felicidad llegara de la mano de hombres de acción iluminados por las buenas intenciones y no por el correcto funcionamiento de las instituciones democráticas.

Había que modernizar la mentalidad política de los cubanos, y esto significaba revivir los valores republicanos del respeto por la división de los poderes públicos y, en definitiva, por el Estado de Derecho, junto a una genuina preocupación por el destino de los más necesitados, objetivos que, según Rasco, podían cumplirse dentro de la Doctrina Social de la Iglesia.

La Democracia Cristiana, además, comenzaba a fructificar en América, con líderes como Rafael Caldera en Venezuela y Eduardo Frey en Chile. 1959 parecía ser un momento ideal para el surgimiento de esta tendencia en Cuba.

No obstante, había un obstáculo fundamental: Fidel Castro era en ese momento el líder indiscutible de los cubanos y Rasco, que lo conocía profundamente, tenía muy buenas razones para creer que su excompañero de estudios había sido seducido por las ideas comunistas y se preparaba para crear una dictadura colectivista de partido único, patrullada sin misericordia por la policía política, como las que se habían desarrollado y enquistado en Europa tras el fin de la Segunda Guerra mundial.

Fidel Castro comunista

Cuando Silvia Pedraza le pregunta a Rasco cuál era la ideología de Fidel en sus años universitarios, éste le responde, sin vacilación, que en esa época Castro ya vivía deslumbrado con el comunismo, convencido de que en el ensayo Qué hacer de Lenin estaba el camino más corto hacia el poder. En esos años formativos, parece que Fidel había tomado unos cursillos breves de marxismo en las oficinas que tenía el PSP en la calle Prado.

A lo largo de los años he escuchado otros testimonios parecidos que corroboran la información que brinda Rasco.

Bernardo Martínez Niebla, ya fallecido, exmiembro del Comité de Dirección del PSP en La Habana en aquellos años, también amigo de Fidel en esa época, luego exiliado en Miami, contaba exactamente lo mismo. Fidel había tomado uno de esos cursillos de iniciación que ofrecía el Partido. Algo que hoy llamaríamos, como la famosa serie de libros: Marxismo para idiotas.

Mi primo José de Jesús Ginjauma Montaner, “Pepe Jesús”, uno de los jefes de la UIR cuando Fidel era miembro de esa organización (a quien siempre le agradeceré que me escondiera cuando me escapé de la cárcel), solía contarme las agrias discusiones que tenía con Fidel por las simpatías de éste con el comunismo a fines de los años cuarenta. Pepe Jesús era anarquista.

No obstante, quizás la historia más sorprendente y directa que he escuchado era la que contaba el Dr. Rolando Amador, también abogado y compañero de estudios de Fidel, pero su reverso intelectual: era inmensamente serio y erudito.

Amador, por amistad y compañerismo, en 1950 accedió a encerrarse en un hotel con Fidel para ayudarlo a repasar las asignaturas finales de la carrera, dado que éste, más dedicado a la política que a los estudios, se había descuidado y debía presentarlas por libre.

Estando en el hotel, presenció la llegada de una delegación del PSP, presidida por Luis Mas Martín, un destacado miembro del PSP que años más tarde se alzó en Sierra Maestra. Los camaradas venían a notificarle a Fidel que había sido aceptado en el Partido.

Cuando se marchó la delegación, Amador le preguntó si era comunista y Fidel le contó que se sentía marxista desde que leyó el Manifiesto Comunista en los primeros años de la Universidad.

Años más tarde, en 1968, Fidel le diría a Saúl Landau, un cineasta simpatizante del régimen, exactamente lo mismo, y le agregaría que luego se hizo leninista.

Yndamiro Restano, por su parte, hijo de un cuadro importante del PSP que llevaba su mismo nombre, y militante él mismo en su juventud, aunque luego rompió con el Partido, aporta un dato ciertamente relevante: no sólo Fidel tenía una estrecha vinculación con el PSP, al menos desde principios de los años cincuenta, antes del ataque al Moncada, sino que el KGB no fue ajeno a la revolución cubana y se mantuvo, en la sombra, auxiliando al joven criptocomunista.

De acuerdo con su relato, cuatro camaradas del PSP eran, al mismo tiempo, oficiales del KGB formados en la URSS y al servicio de ésta: Osvaldo Sánchez, el exoficial de la república española Francisco Ciutat, casado con una rusa, Wilfredo Velázquez (“el compañero José”) y Joaquín Ordoqui. El quinto miembro de la conspiración era Aníbal Escalante, pero éste no pertenecía al KGB.

En su momento, a principio de los años sesenta, Salvador Díaz Versón, un periodista anticomunista, priísta, que debió exiliarse después del golpe de Batista en 1952, aseguraba, y lo hizo ante una subcomisión del Congreso de Estados Unidos, que los lazos entre Fidel y Moscú eran, incluso, previos, y databan de 1943, cuando la embajada rusa en Cuba comenzó a fomentar la revolución.

Lo problemático de esa fecha es que Fidel entonces tenía 17 años, estaba interno en el colegio Belén, y es difícil pensar que ya tenía ese tipo de vínculos.

Otro elemento más persuasivo del relato de Díaz Versón, quien llevaba un registro, según él, de 250,000 comunistas latinoamericanos, entre los que estaban muchos cubanos (registro que fue intervenido y destruido por la fuerza pública en enero de 1959), es el que describe cómo el PSP, en vista de su escaso peso político nacional, en torno al cinco por ciento, practicaba el entrismo en otras fuerzas políticas para dominarlas desde dentro.

Así las cosas, Fidel habría entrado al Partido Ortodoxo de acuerdo con el PSP, mientras Raúl, su hermano, habría quedado dentro de la Juventud del PSP a cara descubierta.

En realidad, esa distribución de roles tenía sentido estratégico. Alguien como Raúl, tan subordinado intelectual y emocionalmente a su hermano mayor, difícilmente habría tomado un camino diferente al de Fidel, a menos que estuvieran de acuerdo.

Dentro de este esquema, Fidel tendría puesto un pie en la ortodoxia y otro en el comunismo por medio de su hermano.

Esto no quiere decir que Fidel fuera un comunista disciplinado que seguía las instrucciones del Partido, sino alguien convencido del valor de las ideas de Marx y, simultáneamente, de la utilidad que tenía el PSP para sí mismo y para sus planes de convertirse en “el Jefe”.

En todo caso, la forma vertiginosa en que Fidel, Raúl, el Che, Antonio Núñez Jiménez y otros pocos comunistas lograron transformar a Cuba en una dictadura colectivista, indica que sí existía un plan preconcebido.

Mientras Fidel, una y otra vez a lo largo de 1959, negaba que fuera comunista, le entregaba el control de la represión, de los órganos de inteligencia y del ejército a los camaradas cubanos del KGB, con Osvaldo Sánchez a la cabeza.

El poder real estaba ahí, no en la gerencia del aparato de gobierno. Resultado: en 18 meses la Isla estaba en el puño de Fidel por medio de sus ocultos camaradas del PSP.

Pero estaba en su puño, no en el del Partido. Poco tiempo después, cuando parte de la dirección del PSP retó su autoridad, barrió con los principales cabecillas y decretó que una microfracción había intentado traicionar a la revolución.

Ahí quedó claro quién servía a quién. Para Fidel, sin dejar de ser comunista, el PSP, la URSS y el KGB eran los instrumentos para conquistar su gloria personal, no para gobernar colegiadamente dentro de la camisa de fuerza de un Partido.

En fin: este libro de Rasco vuelve a abrir un debate que tiene más de medio siglo.

Hace muchos años, cuando yo era un adolescente y me enfrentaba a la entronización de la dictadura comunista en Cuba, pensaba que Fidel Castro había “caído” en la ideología comunista por la propia dinámica de la lucha por implantar su poder personal frente a Estados Unidos y a otros grupos revolucionarios democráticos.

Probablemente yo estaba equivocado. No hubo improvisación. Hubo engaño, premeditación y alevosía.

Al menos esta vez las teorías conspirativas eran ciertas. José Ignacio Rasco fue uno de los primeros que lo reveló y ahora lo reitera. Hay que tomarlo muy en serio. Sabe lo que dice. Siempre lo ha sabido.

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